viernes 1 de enero de 2010

My dear clonazepam



Para Carmen ad infinítum


Soy una orquesta trágica

Un concepto trágico

Soy trágico como los versos que punzan en las sienes

/y no pueden salir

Arquitectura fúnebre

Matemática fatal y sin esperanza alguna

Vicente Huidobro


Él debe sostener entre sus brazos y sus horas al hijo, cuyo nacimiento impredecible fungió de Caja de Pandora y, por intrincadas palpitaciones del monóculo cotidiano, terminó fatigado de mañanas vastamente iguales. Cuando el hijo llora, las flores –tímidas- lanzan una espléndida sonrisa de escarnio, pero la desazón se mantiene intacta, apenas puesta, llena de ese cruento vicio que se enardece al crecer, aún con la plena seguridad de su muerte aproximativa.


Los halos de viento levantaban y agitaban la austeridad como un niño bailando un trompo en cámara lenta, haciendo círculos inmediatos que atravesaban el umbral de la emoción para él, quien por las noches debía abrigar su caparazón con THC en cantidades inconmesurables y darle de comer al tedio, mirar los árboles rebanarse palmo a palmo, tomar un té de avellanas ensalzadas al vapor, repetir el agónico silbido que nadie escucha, en últimas es lo mismo. Todas las hormigas en fila arrastraban su lento desguace por el suelo y él miraba siempre a la última de la fila, la cual parecía girar y girar sin lograr llegar a un punto, un jardín determinado. “La determinación es una sopa de tomates agria”, pensaba él masticando nada. De noche sólo pasaba fuera de la casa el cartero –un hombre de rostro entumecido y pantalones fervientes– mirando fijamente el rostro de los únicos dos habitantes de la casa, ensalivaba sus labios, se tocaba las nalgas pero nunca se atrevía siquiera a tocar la puerta. Un día el cartero se atrevió.


- Ya voy a abrir –él se levantó y puso al hijo sobre una manta en el suelo, éste tosió.


El cartero no consiguió esperar en pie hasta que alguien viniera a abrirle, dejó encima de unas flores secas una pequeña caja recubierta con plumas carmín y se largó casi levitando con mucha velocidad. Cuando por fin él –vicioso– salió a abrir, tras la puerta sólo había aire denso, entrometido. Volvió a la sala, al mismo mueble de siempre, tomó al hijo en sus manos nuevamente, los escalofríos –habitués de la casa– se tornaban más feroces, las cortinas no hacían otra cosa que bramar eufóricas, el techo de la casa giraba en espiral y luego volvía a su aburrida posición original. Él aguzaba sus dientes contraídos al sentir tan tangible el desastre inmediato, después sonreía y vaciaba completamente un jarrón de leche sobre el hijo, quien retozaba como gusano ecuestre sobre unas sábanas de lana empapadas.


Él sintió súbitamente un sismo a modo de esferas llenas de helio detonando, lo primero que conjeturó fue que tal sismo provenía de sus párpados, pero no era así. Si bien él había sentido el estallido en su rostro, no era allí donde se había producido. Tronaba afuera de la casa como si todo estuviera a punto de reventar a estampidos. Como pudo, él salió al patio trasero, encendió un cigarrillo y, a pesar de la inminente lobreguez, se percató de la fuente del retumbo: era una paloma un tanto extraña con algunos bucles de humo alrededor, la cual convulsionaba en el suelo agitando suavemente sus alas como bailando una cueca gélida. Él quedó como petrificado al instante, pisó el cigarrillo a medio fumar y reconoció en ese lento batir de alas una sensación monstruosa, implacable, enseguida recogió en sus manos a la paloma y al estar bajo la luz eléctrica palpó con sus ojos irritados que la paloma estaba completamente pintada de rojo, ese era el color que tenía implantado en todo su pelaje. Una tormenta irrumpió contundentemente.


La paloma pintada de rojo se convirtió en el tercer habitante de esa casa poluta y aparentemente serena, él sonreía como nunca antes lo había hecho (sin fingir), la paloma libaba en su pico los dedos de él, los días eran fríos por la lluvia aún cuando no llovía ni una gota, no había ninguna Nina ni Lady Day ni Aretha que aparecieran como un flash enérgico para hacer dilatar espumosamente el tiempo, no había alientos exactos o lágrimas de obcecación, no había ni una tableta de clonazepam al alcance, ni una, sólo había algunos conceptos innecesarios derramándose por la cornisa, cayendo en picada en un exorbitante charco de desilusión. ¿La monotonía? ¿Qué es eso? ¿Alguien acaso sabe cómo aliviar sin placebos?


Pasaron las estaciones paulatinamente, o quizá nunca pasaron, es difícil conseguir certeza al respecto cuando todas las mañanas son inexorablemente circuncidadas por la melancolía, y eso es tan sólo en las mañanas, porque la noche siempre aguarda cautelosa tras el velo para que cuando llegue su momento todo brille en un eterno estupor. Si los libros nunca se abrieran, ni siquiera por el viento que despedazaría las páginas, entonces los ojos no servirían más que para husmear como búhos (de lejos). La paloma pintada de rojo, en una madrugada repentina, aleteó en señal de despedida hacia él, quien –alterado– bebía los árboles de la desesperación al darse cuenta que el único diamante que había tenido en toda su vida se iba volando ahora con sus dos alas muy rojas, muy únicas, muy irrecuperables.


Desde esta fosa poco luminosa, yo puedo ver a la paloma pintada de rojo arribando tenuemente a Praga, como un adolescente en un crematorio que halla la anhelada salida debajo de su cama pero sólo la mira de soslayo porque prefiere contemplar el techo, el cual se abre de par en par haciendo caer estrepitosamente un gemido.


Guzmán González

viernes 14 de agosto de 2009

Estertor estéril

"Mi tumba agrietada mi lluvia de langostas rojas
mi isla voladora mi uva de turquesa"
Benjamin Péret


Aquí está la meretriz desoxigenada, fútil y lábil, con garras de regressus tremens dispuestas a llegar a un nivel de obcecación tal que su coyuntura sediciosa podría cortarte en infinitesimales partecitas y enviarlas –luego de varios ósculos–, por ejemplo, a Ginsberg para que construya su aparataje morse, ahora desde Beatnikland. Se han incrementado las poliédricas indecisiones, instando a mi apéndice a abdicar, mientras se desprende el volcán nocturno de la tormenta que habita en tu iris venido a menos, aprehendiendo hombres cortos con sus cinturas de mandrágora. El ratón ha corrido millas para arribar e instalarse en el vaso, violeta los ojos, verde el coraje. En la mesa pseudo-paradigmática, se sentó el párpado lúbrico de tu voyant preferido, alrededor transitaban los rieles melenudos con rumor inhóspito y atroz. El corte será transversal, tal como el transcurrir de una fobia en un atrapa-laberintos.

Hay una pelota pendenciera, creadora de un arrebato devorador, que circula en la colina enjabonada por la que resbalaron cabezas calvas y beldades de arrabal, con el arrabal en los riñones –por supuesto–, después de arrellanarse sobre girasoles a contraluz y reunir a varios imbéciles en holgadas batas de seda marroquí. Aquel triunfo fracasado se llevó la mano a la boca, luego de tanta seducción a las naranjas de las tarántulas, ¡cuánto lo disfrutaba!, le generaba una sensación similar a acumular miosotis secas en el culo. Falaz cotidianidad de champiñones podridos, un jardín analítico y tuerto regó whiskey pestilente sobre sus propias crines, y luego invitó a cenar a Miss Bitchie-Demagogia, quien aceptó de forma súbita y apareció en el lugar de la cita con 30 kilos de ropa (con trademark) encima de su cuerpo, eso le dificultó un poco caminar pero no le importó. El jardín la recibió a guillotinazos, gritándole misógino: “Ven pequeña Bitchie-Dema, obtén el filo con tu páncreas”, Bitchie-Dema comenzó por lobotomizar los helechos porque eran demasiado potables y, más tarde, sin reparo, se fue a amamantar cerdos incinerados en un basurero, en el cual no faltaba la bandera, el atril y la mesa de discusiones.

Los cerdos ya no respondían a nada, y Bitchie-Dema consiguió un nuevo disparate de turno en un bar de jazz, éste era el Rey de una hermenéutica espuria y congregaba a varias insinuaciones gordas en un pequeñísimo paraíso encerrado. Bitchie-Dema tomó al Rey de sus testículos vacíos y lo llevó al fondo de un acantilado muy pink, donde le esputó arsénico encima y lo defenestró de mil formas al mismo tiempo.

Más tarde, pasó lo esperado: Bitchie-Dema se olvidó de su rededor y enseguida ató mi cerebelo a su cuello por medio de una larga cadena de púas. Recuerdo haber exclamado repetidas veces: “Bitchie-Dema, sólo falta una cosa por atar: mi cerviz ya diseminada”. Luego Bitchie-Dema dejó caer el pesado libro, el cual se hizo humo inmediatamente, ella también. Mis pies siempre fueron heteróclitos.

Guzmán González

domingo 21 de junio de 2009

Transcurrir en medio de cinco círculos difusos



"Me ahogo en la desesperanza de los fenómenos sísmicos

y por las calles huye el viento cual perro apedreado"

Tristan Tzara


I

Un polo decidió cortarse la perspicacia

Parangón inaudito entre él y ellas, las automáticas

El iracundo tomó las redes

Magullándote

Acércate a la catarata, aquí llueve cieno

Aquí te esperan los rusos tajados y sus rojas sienes

La inconclusa vertiginosidad, el perro lóbrego y auto-tachado

Los arroyos de la furtiva incandescencia en el bolsillo

Todos te esperan sin esperarte

Yo preferiría que no vinieras


II

Amarrada a la espalda de la fobia, sigues y sigues

El bello limaco asesora a las nefastas muchachas

¿Qué le pasó al mismísimo desencanto?

Parece haber tomado pastillas para incrementarse

Yo se las suministré en un vaso de primavera muerta

Ahora lo recuerdo

También recuerdo a Charles Mingus alborotando el desconsuelo

Rita se cubrió los ojos con líneas negras

Ah, lovely Rita, constipadas tus peras

Los omóplatos rasgados por los tridentes

Y lo equívoco es lo que trasciende

Corrosivo como los chicos bañistas bajo los soles de Saturno

Yo abracé a Leonard cuando susurró: “I’ve seen the future, baby

It is murder”


III

Sexy garbage

Todo te tragas

Incluso a las falanges del estupor

Al horror embotellado, a la paciencia

A todos los vampiritos de la alacena

Al camino que se prende en llamas para apagarse

A tí misma, espuria!

Menos a mí

Tu básico retroceso anuda cebollas y grasa en grumos

El contoneo subyace bajo la parálisis aparente

Allí donde no llega tu discernir

Asquerosas legumbres han ametrallado la senda

Mi aullido te empala sin aplausos


IV

Mi cama te espera, Humphrey

¿Por qué tardas?

Ven para que hagamos destellar nuestros albornoces

Dame el desastre de tus pupilas

Acuchíllame dando tumbos

Muerde el anzuelo de mi tibia seducción

Mi tren desbocado

¿Por qué tardas, Humphrey?

Creo que mi hedor te aburre

Creo que mis ganas te tienen sin cuidado

Creo que ya no te espero, Humphrey

Hola Rentboy, hola Iggy, hola pena

¡Que venga cualquiera de ustedes a lamer mis carnes abiertas y pestilentes!


V

Lo oneroso siempre vuelve

Una pesadilla es una jarra de leche verde espumosa

Yo dejé mi corazón debajo de la cama, y tú?

Disparatar el aire

Un latido en el dedo pulgar del pie

No hay nada más que hacer en Jerusalén que matar el cenit

Cuando ella atravesó a la garza, los tambores se detuvieron

Nada retomó su sonido

En tus manos abiertas, pongo mi polución, mi turbulencia

El relámpago ya nos despedazó

Hace siglos

Horas

Minutos lentos

Cae la soga sobre las vísceras tenues


Guzmán González

martes 3 de febrero de 2009

Alfred Hitchcock ó El hombre pseudo-telúrico y sus inteligentes desvaríos


"Un filósofo que no podía caminar

porque pisaba su barba, se cortó los pies"

Alejandro Jodorowsky


La soberana y espléndida manifestación cerebral de Alfred Hitchcock siempre pugnó por el deleite de las hachas, por destapar el cliché y arrugarlo como a un papel mugre, como abstrayéndolo bien lejos y así abanderarse con lo genuino de sus particularidades. Si hubiera Otro, realmente no lo habría. Lo habría, echando luces despistadas en Ernie’s. Un Hitchcock camaleónico, esculpido y acabado en una consistencia exuberante y abrumadora como su color mismo, es todo lo que puede quedar para la posteridad en la concepción colectiva del hombre de las congruencias borrosas y de la nariz gorda.


Cuando lo casto es el velo y la desfachatez es el perro rabioso encubierto, es entonces cuando se tiene el don atemporal de la construcción, deconstrucción y reinterpretación de lo atávico. De esto sí que supo Hitchcock. Tomar por alfombra limpiapiés la membrana más ligera y nociva de las vapuleadas costumbres yankees es una hazaña realmente magistral, por lo menos, a mediados del siglo XX.


Incluso más tensión debió haberle causado a Hitchcock el vivir como enemigo íntimo y verdugo sonriente para U.S.A., que la tensión que le pudieron causar sus películas, las cuales fácilmente pueden ser estigmatizadas como antítesis de la catástrofe del ser humano.


La pluralista bandeja de plata mental de Hitchcock fue su gran espejo para el mundo, con James Stewart desmoronándose por las escaleras y subiendo por ellas queriendo estar abajo, que es el detalle principal de muchas existencias de la nueva era. Por otro lado, Sir Hitchcock y su consumada introspección (incluyendo a Grace Kelly apoyada en su ventana indiscreta) fueron evidentes para todo un planeta cansado de observar a los baladíes laureados y al perpetuo adormecimiento humano.


"El amor sin pecado es como el huevo sin sal", mencionó Luis Buñuel, luego de haber enterrado su cabeza debajo del suelo infinidad de veces. Hitchcock absorbe lo inteligible de esta aseveración y lo plasma sabiamente en personajes sumidos en un charco de perdición, preocupados por la alerta inminente de salir de allí, y con ganas fervorosas de seguir acudiendo al umbral ulterior de los metaclaustros que los rodean y, por esto, eventualmente culminan siendo muñequitos alegóricos con cerebro.


El martillazo desolador que le propinó Hitchcock a la corriente (unilateral, hasta el momento) del misterio en el cine es tan sólo equiparable con el calor avasallador en un desierto, o con la modorra ocasionada por 3 mil vacas en los hombros de un bonobo. Ni siquiera a un astronauta que ya hubiere estado en otros planetas se le ocurriría, en plenos años 50’s, señalar en uno de sus films como responsable directo de un atroz crimen a un sacerdote, o no permitir que un hombre en su desespero concluya con la muerte de su memoria (personificada en Kim Novak) sino que un elemento aparentemente no provocado aparece para darle la última punzada al pánico y darle respiro al ensimismado Scotty.


Como el elefante trastocado, Alfred Hitchcock ha pululado indiscriminadamente en la historia del cine al igual que las vacas arroceras del averno, multiplicadas copiosamente por la erosión del ingenio majestuoso que acaba siendo como el gran Santo Grial verdugo del estupor y vociferante de las retorcidas palabras y actitudes únicas de unos personajes desenfrenados, desparpajados –por dentro-, adictos a rasgarse las vestiduras sin rodeos y a compartir todas las noches la cena en la mesa, con el Deseo.


Guzmán González

lunes 2 de febrero de 2009

La estrella es pisoteada


“Sólo los espíritus agrietados tienen

aberturas al más allá”

Emil Cioran

La infalibilidad interna, urticantes leyes de inconexión menstruadas por una orilla de mar anticipada, escondidos los agentes veraces detrás de una pared aún más escondida. Miríadas de osos polares atestados de sensación aprisionan a Paula y a Nina en un círculo de hielo seco y gargantillas de rubí-plomo-vitriolo. La paz de Nina se sienta en un banquito a verla a ella y a su concubina en plena implosión, mientras ellas siguen decididas a danzar con puertas cerradas.


El bebé de Paula gatea en una autopista bastante traficada por camiones de descargas eléctricas. El padre de Nina eyacula todo el tiempo en dirección a las nubes, y es así como cada tanto van naciendo niños de viento y humo sin sosiego, los cuales ostentan atávicos ladrillos grises y difícilmente logran un final distinto al árbol. El perro-matriz de Paula vigila sin descanso a la caterva de certeros desperdicios que parecen monumentos a la mediatez, pues el marasmo se los traga, el dolor vuelve a casa y el peri-espíritu decepciona. Un cigarrillo de opio sube arrastrándose por la zigzagueante y endeble frontera para encontrarse en la cima con la necesidad: desencuentro imprescindible y sin cadenas. Desaparecer dando saltos.


El olvido incrementado se subió en un corcel atonal y voló lejos para desentenderse de Rosa e ir a desasociar a alguien más. La bolsa de mareo reconocida a priori es insensata como una tarjeta de crédito ó un centro comercial repleto de voluminosas deidades que se arrodillan alrededor del Becerro del Cliché, por supuesto, a escondidas. Es posible divisar al olvido incrementado aterrizando en su corcel e, inmediatamente, corriendo a follarse a su nuevo socio. Anteceder al despiste funciona más que ser parte activa de él e intentar alinear la forma natural de un caracol. El término “no” es más adecuado para liberarse de la transitoria zozobra y el poco deferente desdén.


Con los pies de los caminantes encima, la estrella parece ramificada en satélites para subsistir entre su bella mentira y tiene menos de ácrata que de alardeo rosa. Un montón de partituras cercan a la cabra indecisa y a la estrella, que sigue espirando plumas dentro de burbujas y palabras sin sentido y sin poder sumo, al otro lado sigue el papel con jeroglíficos muy diáfanos escritos por una mano ruda y auténtica que sabe bien cómo destrozar cristales. Nina se quedó sin piernas y Paula perdió su cabeza. El zoológico es devastado por los animales antiguamente enjaulados en receptáculos de poca contención y mucha animadversión con ojos abiertos.


Las pestañas de Nina son muy largas e impiden su visión, Paula es tenue frente a los trenes de la catatonia y ya no siente frío. Empieza a quemar el lugar, los osos polares encendieron el fuego. Nina salió propulsada hacia la mugre inmanente de la obtusidad, y Paula sin cabeza recorre ahora los cables de las nubes y se tiende de cuando en cuando a ver si se seca. Ondulantes imprecisiones son las reinas del carnaval que habita en la cabeza perdida de Paula, la cual debe estar rodando en algún contenedor de basura o estancada en las arenas movedizas de algún paraje baldío.


Guzmán González

domingo 25 de enero de 2009

You are my everlasting lovely nightmare...

(Al Flaco)


Romo, en medio de su descanso nocturno, se deshilvana para dar con su cuerpo vueltas en forma ovoide, hay grandes cantidades de clavos y puntillas hechos migas en su habitación mingitoria, y desde que la última mujer se fue, Romo sólo está a tientas en ciertas noches. La cama es larga e inasible y tiene encima sábanas hechas de celuloide clase B alterado. Arriba del techo, la dama mustia es desparpajada y engulle dardo tras dardo, cada segundo, todos los segundos.


En alguna temporada de su entrópica trayectoria existencial, Romo conoció de forma causal a Madame Araña, cuyas cuatro puntiagudas piernas tenían tal magia vitriólica al abrirse que Romo no dejaba de abrirlas, era constante como pocas cosas suyas. Ahora bien, a Romo no sólo le interesaban las cuatro piernas de Madame Araña, pero también su cabeza de aletas. Con ésta, Romo tomaba el té y departía acerca de las cosmogonías de la separación, y de los clítoris rebanados de la revolución. Había largos silencios mientras Romo miraba a Araña frente a frente en la habitación mingitoria de él, sólo hasta que éste miraba a sus pies-raíz y no la miraba más a ella, al menos por algunas horas. Madame Araña tenía fuerza, Romo se cagaba sobre la fuerza: separación, lacerante y lasciva separación. Lejos.


Romo, saboreándose, imagina a sí mismo tomando clases de cómo batallar los xenófobos, nadando en mares UV extensos como el pesar, ó bailando sobre el rostro de la Electricidad. Romo despierta, mira al otro lado de la cama y allí está la Electricidad, acostada con pesadísimos lingotes de diamante nublado sobre su vientre, y le susurra al oído a él: “You are my everlasting lovely nightmare”. Romo se levanta enfadado, se viste, va por cigarrillos, toma un taxi y se va del universo. Afuera acaba siendo más agradable, logrando tocar con el ojo y mirar con las manos. Afuera, Romo es bailarina en el recital inédito de la Orquesta Atroz de Romo. Allí se baila de lo lindo sin actuaciones protagónicas ni pedanterías por el estilo.


Los atardeceres son del color de los camarones, también tienen sus habilidades intoxicantes, eso lo asumía y hasta pregonaba Peter Murphy, pues Romo tiene una superficie dérmica de acero oxidable y se va con frecuencia a cantarle sus cuitas al Vacío. El Vacío tiene la cara sonrojada por naturaleza y las piernas pegadas, por lo que le es fácil deslizarse libremente por los intersticios cefálicos de Romo mientras le escucha. Al final de la berreada, el Vacío toma el sol, lo envuelve en un papel celofán color lila carmesí y se lo regala a Romo para que piense en otras cosas. Por último, le asegura que la tristeza es una proxeneta sagaz, mientras que la felicidad es una vaca gorda tumbada en el pasto perpetuamente.


Detrás del tiempo tieso subsiste una constelación de números ahorcados e innecesarios, entre ambos yace Romo en su habitación mingitoria, no tiene caso el cenagoso marasmo. Romo habita y deshabita territorios con púas, lodazales, castillos de goma nice sobrepoblados, viviendas de eunucos fosforescentes y gélidos, y sin parar, un camino que sólo se puede atravesar con un ojo abierto y el otro a entreabrir, y claro está, cargando a cuestas la habitación mingitoria, la cual tiene menos de oráculo que de mística omni-uso. Romo a veces corre y la habitación tambalea. Ayer lo hizo y la dama mustia se cayó de arriba del techo, no fue necesaria una radiografía circunstancial, la savia es más funcional si se sabe respirar. La cama ya no existe.


Guzmán González

lunes 19 de enero de 2009

Lámeme el coxis para que muera tu entrecejo



Ella está sentada en una estación desolada esperando que una rana con dos ciempiés encima se aproxime un poco más al banquillo contiguo donde está él. Él lleva algunos minutos absorto mirando la aureola dinamitada que le cuelga de una oreja a ella, haciéndole sangrar placenteramente. Hay una distancia de centurias entre ellos, de la cual se burlan y hacen caso omiso.

Ella llega después de medianoche a casa, deseando rubros siderales, va directo a la cocina, enciende la luz y la estufa, pone el sartén a calentar, lo adoba y luego agrega al ingrediente principal: él. Él, ya dando vueltas y hasta saltos en el sartén, despreocupadamente le permite a ella que lance a su gusto todas las salsas y emolientes, mientras dentro de sí aguarda lo que verdaderamente se está cocinando. Es una comida nueva, un cuchillo y a cortar, bueno, y también a comer.

Ella, al agarrarse fuertemente, cuelga crepitando de las ramas nerviosas que se le escapan a él de sus sienes, enviando asistemáticas informaciones poco formales hacia la sonrisa de la pulga en el ojo del cangrejo rectangular que está en la pecera. Él tira de la cuerda de sus intersticios sin necesidad de asirla y, al igual que la pulga sonriente, él también despliega menuda sonrisota cada 5 segundos, tan estrepitosamente que va a golpear el óvulo de su deshilada oreja, haciendo retumbar poderosas vibraciones en la punta última del tacón que subsiste en uno de los pies de ella.

Los brazos de ella son escamas furiosas con pestañas delineadas irregularmente, claro está, más irregular y desmesurada es ella y sus antípodas, donde habita él frente a un círculo que sube mucho más hasta el suelo y luego, cansado, arma su propia rutina de lanza-cuchillos hacia él. Él, omnidimensional y seductoramente severo como ella, opta cuando quiere por dar un salto espacio-temporal para encontrarse en una mesa, tomando una copa de su marginada eterni-tea con Otro. Otro se confabuló con ella hace dos días y ha dejado caer –de forma accidental, sí– exactamente 3 gotas de un veneno bastante gourmet y ahora prefiere no mirar la rápida decadencia fisio-anatómica de él.

Hay una cita para un encuentro final, por el momento. Ella está arrellanada en una silla en el desierto, con el obtuso amarillo rebosante allá arriba, y sin tardar mucho, aparece él quien acaba de salir de su salto prolongado y se sienta en una silla sobre la mesa. Ella se levanta de su silla y se sienta en el suelo. Él, de forma deliberada, comienza a introducir lápices partidos por la mitad dentro de la boca de ella, quien inmediatamente se arranca la lengua y un par de dientes para atacar con estas armas a la poco sorpresiva afrenta de él. Se acabaron los lápices. Ella pierde mucha sangre, toda la sangre, ya no consigue sostener sus armas y se desploma. Ya sin lápices, él inicia una desenfrenada engullida de bitácoras enormes, y tras esto, su materia gris decide ir a comprar cigarrillos y llevarse en la bolsa del dinero al corazón, cosa que acaba causando el perpetuo desplome de él. Él yace. Ella yace. Aparece repentinamente Otro y percatándose de la inmovilidad de los yacientes, encula a él y a ella.

Guzmán González

domingo 14 de diciembre de 2008

Obsolescencia


Finalmente la boca se cansó de succionar la savia de la chatarra infecta, cuyo amigo ulterior era indiscutiblemente un gusanillo que emanaba cigarrillos, pero cuando ya no hubo más cigarrillos por soltar, se hizo obsoleto.


Atrás se quedó mi sombra sin querer caminar más, como alegando el ruidoso anhelo de subirse los pantalones más rápido, o de –impositivamente– instar a la mente a abdicar, sus pulsiones se nublaron junto al estío ambulante y, apócrifas, las caras de las gotas optaron por su pose de absurda mesura, como lábiles péndulos empujando lo que no funciona. No se necesitaron vasallos, ni su trabajo extra.


“En vez de rozar, pensar”, clamaba el cedro mientras lamía con sus tentáculos insípidos a mi austera pasión, pero como le pareció algo sin concreción (y esto se le antojó, incluso, innegable), se escondió hacia abajo dejando sólo sus pestañas violeta a la intemperie, deconstruyó un consumado devenir, y yo preferí alejarme para así acercarme a la matriz-candelabro que, a su vez, prefirió no encender ni media ocasión más. La mesa está vacía, aún con la persona y su sombrero encima.


Cuando la puerta se entreabrió para que nadie entrara, se asomaron la luna ciega y la oveja de la basura, e intuyeron una cercana inhabilidad de contemplar sin objetivo focal, entonces, enojadas, tiraron una piedra azul hacia fuera y cerraron la puerta con tanta fuerza que desde entonces es muy sencillo entrar. Como vociferando decrépitas arengas, en plena histeria, el pie de la pared colgó inicialmente sobre un pequeñísimo planeta que yacía en el suelo, y luego se zambulló –sin concernirle– con ansias de heroísmo, hasta percatarse de su inherente y enorme desuso.


El agua no siente necesidad de mojar (¿y para qué tantos caudales?), si un lápiz tararea es porque prefiere no escribir y entumecerse a la postre, y es entonces cuando decido que es más favorable tener un reloj en la nariz (cuyas agujas se bamboleen de adelante hacia atrás) que tener un reloj que marche comúnmente, es decir, que permanezca apagado a perpetuidad.


Guzmán González

martes 9 de diciembre de 2008

Circo Downtown-Culo


Llegar es muy fácil: sólo es cuestión de conseguir una calle oscura, fijar con la mirada un punto en la lona, dirigirse hasta allí y abrir rápidamente la ventana amarilla reluciente que está en el suelo. De esta manera, está uno adentro.

Ya abrazado por el lugar, y sin salida en el interior del mismo, no es difícil percatarse de la presencia de las delirantes sonrisas de los zapatos, el humeante festín inter-motor, los lápices hechos trizas dentro de los amables estómagos, y más allá de todo eso, el suelo, otro suelo, un suelo diferente que tiene la forma de un convexo y multicolor amén. Lo importante es tragarse todas las espinas a tiempo, sin granos de café en medio de hot dogs, porque es mejor no atentar contra la noche y soportar su manera de amarrar a su parecer.

Pie, pie, se encuentra –o desencuentra– uno en plena dimensión pluri-beat, daga, daga, cuerpo sobre cuerpo interpretando excéntricas fusiones, pupila se desprende y va a merodear a las hojas en la esquina, se aburre, va por una cerveza, la bebe a medias como es costumbre porque enseguida tiene su boca demasiado ocupada con ese inorgánico simulacro de Coltrane venido del Carmen o no sé dónde, pupila lo abandona y vuelve a su posición original en el gran ojo.

Es complicado tener clara idea de la suma de los intrusos emolientes que se ha echado uno hasta el momento, pero ya está muy cerca el alba y esa suma deja de interesar, es el momento en que la intención es patear las latas pero los pies traspasan cualquier cosa, sin siquiera rozar, y ahora es el dedo: se atreve a ir hasta la esquina donde es rey, y la francesa se lo pone de collar por unos segundos, éste logra desligarse y va raudo y despreocupado penetrando en línea multiplicidad de sexos, en frente de la monja, quien se saborea con su intrincada lengua en forma de cruz.

Repentinamente es uno mismo quien acaba encontrándose jalando la cuerda hacia atrás, atrás de la ventana amarilla, atrás del tronco roto y de los colores del viaje, atrás de uno mismo, por fortuna, se vuelve sencillo recordar el camino de vuelta, con el montón de cenizas regadas al pasar y los gemidos que persisten tirados en el asfalto, aún cuando al sol se le da por iluminar.


Guzmán González

lunes 24 de noviembre de 2008

La política es el papel con que la música se limpia el culo


No se puede culpar a Giorgio de Chirico por conceptualizar una de sus posiciones intelectuales en su artículo “No Music”, ni tampoco a Pastorius o a Dolphy por cometer sus deliberados aciertos en el deshilvanar de los tiempos musicales muy a priori de darse las que la masa llama “tendencias musicales posmodernas”, pero más allá de esto, no se puede culpar a la música por impartir sutiles y/o estridentes afrentas a la política, ó, por otro lado, por emplazar ciertos tornillos de color político en la voz más intrínseca de la música. El caso es que, refiriéndose a este último jugueteo de la música, uno no podría más que pensar lo más inteligible de esta situación: La política es el papel con que la música se limpia el culo, o mejor dicho, uno de los tantos papeles.


Está claro. Si hubiera una cámara dentro de la caneca de basura en la que la música arroja -luego de usarlos- a los papeles que usa para limpiar su culo, se podrían detallar claramente los rostros posudos de los pseudo-ácratas que en el celuloide hicieron de las suyas, compartimentando y repletando con propaganda sucia y pura hasta el último fotograma, ávido de verdaderos símbolos y de no-convenciones.


Compositores contemporáneos de música cinematográfica como Tiersen, todo un verdadero gurú con la cabeza siempre respirando fuera del agua, jamás ha optado por poses (papeles de baño) que acaben en una condicionante e, incluso, insultante arenga. Tiersen, por ejemplo, fue capaz de construir (y deconstruir) la música de un peculiarmente sabio film alemán llamado “Good Bye Lenin!”, flamante, auténtico y sin doble, y lo mejor: sin música con máscaras parlantes de palabras con ínfulas de paradigma.


La libertad es una de esas bocas donde, acertadamente, la música sabe meterse de vez en cuando, y sin tanto alardeo, sabe pegársela al cuerpo como un parche, y no necesariamente izarla como una bandera ondeante que acabe hablando más por el aire que la hace ondular, que por la rutilante y poderosa fuerza de la música, aún a 24 fotogramas por segundo.

Guzmán González

lunes 17 de noviembre de 2008

La sangre en el cuerpo

(Álvaro Henríquez, Roberto Lindl)

Me cambié la sangre, a mi Amá le gustó
Gritando con aire despertó y se enojó
Jugué en tu casa de las cinco a las dos
Me entretuve entre once y fracción
Llegó tu Padre, no le gustó lo que vio
No le gustó lo que vio

Amarrada su hija, amando a ese Hombre que soy Yo
Tu padre blanco con mi fe se derrumbó
"Al suelo frío perteneces y te hará
Carne fácil de colgar y olvidar"
Olvidar..

La sangre en el cuerpo es dura de limpiar
La sangre en mi mente es dura de borrar

Ahora bien, mi amante no pensaba renunciar
Con ojos grandes habló de piedad y libertad
La vi de reojo cuando estaba por soltar
Lo más bello en su alma
Ahora no puedes abandonar

Con su alma en silencio la enterré en el jardín
Cubierta de flores la dejé en el rincón
Desde donde nunca ella debió salir
Desde donde nunca ella debió salir
Salir, salir, salir..

La sangre en el cuerpo es dura de limpiar
La sangre en mi mente es dura de borrar..

Los Tres

Carta sin palabras


Ha llegado una carta sin palabras a mi catre, muy cerca de mí, y de inmediato dio inicio a una desaforada carrera de hipódromo dentro de mi cuerpo, cabalgando con acuciantes rayos y disparates. La línea de la meta para los jinetes es lejana e, incluso, inalcanzable, pero por lo visto eso es lo menos importante, como todo.


Admito que una carta sin palabras es tan difícil de leer como la salamandrina debatiendo, recuerdo que entre querelles lo admitió también Tzara, como a él, a mí nunca me ha importado el desprestigio que pueda causar una lucha de niños, es más favorable e impuro encontrarse de improvisto en la luna con una tarta de orejas finales, que seguramente habrán ya escuchado a los salvajes intestinos de la introspección vespertina.


Una noche, me quedé mirando absorto cómo la intrínseca fuerza de las palabras pudo llegar a hacerlas absolutamente transparentes y aumentar su nivel de impacto a una intensidad similar a la de 28.000 gongs estrepitosamente dirigiendo su poderío sonoro hacia las piedras rodantes, estas sí escuchan todo, no se limitan a temer o a vituperar, rugir es un prodigio ante la trayectoria de traslación de las plumas que gritan: “Si estuvieras aquí... bueno, realmente es mejor estar solo”.


Danzar, pisar, eso ya de nada sirve si uno tiene las piernas muy pegadas al cerebro, es como la incongruente sapiencia del perro-mezcal, la cual nunca sintió necesidad de albañiles ni de una apariencia preciosista para imantar a los pequeños universos infinitesimales que la circundaron indecisos por siglos. Es la perpetua diferencia entre una patada y un sacerdote que folla con la ortodoxia por las noches claras.


Una carta sin palabras, es entonces una misiva que es mejor no leer, sino escuchar, sólo si el elefante tácito está detrás, silencioso, como el pasar de la vida y de los caballos en el hipódromo sin meta cerca, aquel que se desliga de artificialidades tuyas y se tumba al árbol, a su auténtica stasis, jamás ecuménica, siempre cabalgante y sin espectadores tórridos.


Guzmán González

miércoles 12 de noviembre de 2008

Rebelión sin púgiles


Al error y a sus dos piernas ya los he cortejeado de múltiples formas, de eso estoy seguro, mas nada llegaría a ser más rojo que el improperio de la típica entrepierna checa, gruesa desde un plano cenital, casi invisible en primer plano. Si lograra ser más dócil, se tornaría desastroso frente a la inocua maravilla de la no-proporción, sin ventanillas con mohín, ni rastreros labios de ámbar en las llantas.

Atrás, atrás, un paso adelante significaría de forma cuantitativa e indeseable una lamida al jardín de la pureza, donde pregonan oblicuos humanos a por un mordisco de la venerada y vapuleada cantimplora, enrarecida como los grillos y drupas en su interior. Es mejor despedirse en estos casos.

Uno tras otro, como en fila judía hacia Zion, van los atisbos de mis respiros hacia un fondo profundo en las caderas de la pared, retumban y rebotan a la alfombra para poner los pies en el baño, golpeando al espejo y yendo a caer con velocidad media al vacío mausoleo número 32 y 12, allí llegan, se aposentan, los ves y se vuelven humo, tal como a mí me gusta volverme de vez en cuando.

Yo analizo, tú analizas, la oruga analiza al ojo, siempre lo hace, hasta que éste se hastía y se lanza a correr en plena abducción hacia la mesa de al lado, sólo vuelve cuando lo decide sin presión alguna, mientras tanto vas por las aletas del colibrí, danzando sobre él, dejándolo impasible con tu movimiento aparentemente inútil, y el rezo es feo como la oruga causante del destartale acontecido.

Sin contar 1, 2, 3, ya lo sé, es mejor tumbarse en contra del almidón que asumir poses voyeuristas entre maniquíes. El hecho de que el nivel de ondulación manifieste sus usuales injurias todo el tiempo, no significa que bajo la cama ya no hayan termitas muertas, inertes como la pasión entre ellas, ya no hay cansancio, se cansará Miles Davis en el ataúd, pero entre dos tazas, es más conveniente evocar una tercera que sea eficaz en la solicitud, y que empiece desde ya a sazonar los salados tesoros para dos, a ver si por fin se enciende la inhóspita pero imprescindible vorágine, a la cual es mejor sólo ver sin tocar, a menos que se cierre el ojo.


Guzmán González

domingo 9 de noviembre de 2008

Anotaciones ensoñadoras de un argonauta


Arribé a esta ciudad en la madrugada de hoy y aún no he parado de sentirme maravillado. Toda aproximación de mi mente hacia un lugar favorable para aposentar mi ente, se ha desvanecido con el aire, al ver este lugar tan lleno de especificidades que me apasionan.


A mí alrededor sólo hay una persona en cada casa en el mismo estado que yo: placer de auto-comfort. Nadie sale corriendo a la calle alardeando que no se soporta la algarabía del que está al lado, ni se andan matando los insectos por razones indescifrables, en realidad, el déficit de calma es casi nulo, nadie para de abstraerse a su manera hacia su propia jerarquía.


Es difícil toparse con chauvinistas compulsivos, en este lugar cada persona lleva una bandera dentro de su cabeza diseñada por sus propias concepciones. No hay anuncios comerciales, vallas publicitarias o estrategias de enajenación para cuidar el ambiente.


Hay un faro que ilumina un poco la noche gélida en la playa, para que –como buenos disonantes- los habitantes del lugar lleguen a que la arena los arrulle, mientras fuman un cigarrillo deleitante que muero por conocer.


Por lo visto, es bastante tranquilo vivir sin ningún tipo de gobernador a la cabeza del andar de los habitantes. ¿Cómo pude haber pensado vivir el resto de mis días en un lugar exprimido por un badulaque que tiene sobre su fino escritorio el crédito de PRESIDENTE, y que desvaría de una manera desmedida y lacerante? No, nada más de eso. Esta ciudad de ensoñación se convertirá en mi aposento físico y metafísico por un montón de tiempo, del cual ni siquiera intento preguntarme su duración.


Guzmán González

lunes 3 de noviembre de 2008

Empaque de dicotomías atmosféricas


El susurro es como un destello ensordecedor, creador de un letargo soportable y ciertamente necesario. Ninguno de los eunucos cercanos es capaz de vivir sin el susurro, porque el susurro es suavemente enternecedor, como un rompeolas acelerador de mentalidades que arrastran lo más ínfimo e inexplorado de la paz contigua que ya no viene.


Cuando me harto de dar más de la cuenta de mí, llega el aura descarnada de la belleza en tu socavada piel con su martillo enardecido a magullar mi inconstante paz, eres de ella, su bandera vapuleada y quemada.


Debería recalcarle a tu hilvanada materia gris que hay tan sólo dos razones tan equívocas como yo y que ya no me interesa recordarlas. De hecho, no estoy seguro si son dos, o una, o ninguna, en fin, no es cuestión para hablar.


Si el teléfono repica una vez, seguramente será el desmedidamente gordo misógino de la casa en el árbol quien llama; si por el contrario, repica 33 veces sabré de inmediato que esa voz insistente esperando para salpicar su veneno sórdido y aparentemente inocuo al otro lado de la línea, eres justamente tú, Yoko, en el cuerpo de una paria andariega.


La pena me tiene y yo la tengo, mordiéndome desenfadadamente la aorta y haciéndome reír. La pena es un monstruo descomunal acostumbrado a lamer la miel gris humana. Martinico la patea sin pensar todas las noches tardías, pues lo saca de quicio, ya no aguanta más subversión de parte de ella, pero ella es su beso, el invisible motor que, al menos, le mantiene despierto.


El retrato de la mugre entre mis pies es tan sólo comparable con los desatinos mentales de la abuela indeleble e ininteligible. Quiero que esa mugre se vaya lejos, pero yo estoy lejos, muy lejos, como un galeón excesivo zarpando en Islandia mientras su capitán “dirigente” se encuentra en Bolivia.


Podría afirmar con plena seguridad y sensatez que soy todo un experto en saltar entre abedules de mentiras, sin las azules espinas que cargan dosis copiosas de comfort, situadas muy estratégicamente en los orgullosos y distantes hemisferios -hacia mí, ineluctables- de mi universo gris.


Guzmán González