jueves 25 de marzo de 2010

El jeroglífico sabe a manzana púrpura


“Una comida desnudos es natural para nosotros,

nosotros comemos sandwiches de realidad,

pero las alegorías no son más que lechuga.”

Allen Ginsberg



Sobre un par de sapos arrobados que pervivían, se posaban los dos pies de Libélulo, mientras que –con cara mórbida– garabateaba varias guisas de apocatástasis y sonreía con dos láminas vítreas incrustadas en su paladar. Se quitaba los sapos de los pies y se tumbaba en un planeador, su planeador. Las rótulas roídas, el cabello refulgente, el corazón extraño en llamas redobladas: Libélulo otorgaba a la contumacia el nivel de desazón y prefería no limpiar los basureros ajenos, habían suficientes espinas en el lado A. Detrás del zaguán, se quedaba la ignorante intrusión para darle paso abierto a la desmesura mental y permitirle a Libélulo que apuñalara la regurgitación del tomillo no sagrado, de la magnífica esencia no vernácula. La aguja tele-dirigida se hundía frente a la taza de leche, Libélulo tomaba su café y visionaba pálidos bisontes deglutidos por una guillotina hasta la mitad, mientras llevaba por todos lados en su maleta centenares de pulgas e inconstancia partida finamente en cuadritos.


El peludo moho de la vanidad cela al periplo plurilateral de Libélulo, quien enrojece al papel y luego escribe perfidias con aroma a unicidad lacerante: Libélulo paró de decirle gracias a la ciclotimia cuando ésta se adhirió. Oh exigua hecatombe, podaste la micro-estratagema del frívolo desfile de gansos con sombreros de púas imantadas. No hay verdad. Después abriste las carnes de un toro estéril, a quien le lamías la punta de los cuernos cada tanto. Diste una ración de uniformidad estelar al ratoncito inocuo e hiriente –córtame- pero olvidaste que Libélulo, como yo, tiene el aroma del terror en su piel, clavado inherentemente como la megalomanía que tarasca al inane romance de saborear al primigenio retorno, es esa perenne ramera arrastrada por el incansable globo sin cuerda de la que Libélulo escarnece. Aún antes de que llegara Cervantes, Libélulo bamboleaba ya la impaciencia por entre su cuero cabelludo como moliendo pastiches sobre los que luego escupiría círculos de plata, en línea como un despegar y, más tarde, haciendo que todo mutara en un curvilíneo acontecer con la planta de los pies muy fija sobre la mierda inicua, atravesándola desde la raquis hasta el calefactor que no enciende.


Hay una discordia hecha flor en un rincón, tiene dos imanes en el ombligo tórrido y cortocircuita al amanecer diario de Libélulo con una ligereza imperceptible pero abrasadora, variante pero avasalladora, sinuosa pero catártica. Como un areópago que se incinera sólo, el Desasosiego juega unas cartas con Libélulo junto a una taza de té humeante y laureles podridos alrededor. Libélulo mastica al Desasosiego después del juego y conversa con él mientras lo tritura en sus dientes, una nariz se ve caer en el suelo y ahora más que nunca pasa oxígeno dentro de ella, luego llega Mentira y se traga a la nariz para acabar siendo imbuida por el matamoscas de Libélulo, quien la ensopa con el matamoscas dentro de un tacho repleto de garbage-garbage. Recordaba el ornitorrinco entumecido a las bellas e insistentes provocaciones de Huelsenbeck, mientras Libélulo enrarecía y equivocaba el devenir para seguidamente ir a arrellanarse en un carrito de montaña rusa detenido para siempre.


Una escalera de ola sin sal desborda la gran escisión, constriñendo al columpio deshabitado y oscilante en el que se sienta Libélulo con el Desasosiego sentado en sus piernas, de repente se levanta y le da una patada sideral hasta enviarlo a un pulmón tumefacto a punto de estallar. Allí se queda Libélulo frente al columpio, desnudo, develándole su sexo a la Oscuridad, la cual se lame sus labios frondosos y cree estar bailando bajo una lluvia de semen de Libélulo, aún cuando él no ha movido ni una falange. La Oscuridad enrudece y se arroja encima de Libélulo, quien no es sagrado, y le frota suavemente los intersticios, obnubilándolo. El escozor vespertino llega a su fin. La Oscuridad tiene ahora la piel reseca por tanta fricción con la piel de Libélulo, a él le hastía y corre, corre por entre páginas ya escritas y por escribir, corre en los trenes a vapor inexistentes, corre por acantilados cargando su agobio, corre rápidamente sobre una blasfemia acolchada que parece un césped de arsénico. Se despiden el barullo y el gemido profundo, después de haber aleteado en demasía.


Libélulo es un orgasmo disidente ad infinitum, es opio descomunal sin revestimiento de la cabeza a los pies. Con las manos en la espalda, el futuro-náusea reposa en su propio ataúd remojándose en coñac, y disiden los cerdos y las raíces onomatopéyicas. Libélulo duerme perpetuamente con los ojos bien abiertos.


Guzmán González

4 aspavientos:

literanauta dijo...

Hola, me parece genial el Libélulo, la abstracción material. sin embargo considero un texto bastante denso para público en genral, lo digo porque prefiero la sencillez poara todo lector.

Beto Invisible dijo...

Ahora si no me perdi y llegué a tiempo para nadar en las olas de tu psicodelia. Uff el Libélulo, que intenso eh? las imagenes aún me dan vueltas. Menuda inspiración la tuya, mis profundos y eternos respetos

Perro Negro dijo...

el pass del libro era lahistoriadeldia

bon apetit

Pablo dijo...

Muy interesante la epopeya del Libélulo, cargada de imágenes y de luchas también.. Me gustó. Me gustó que en el relato se maté al cisne, ya muerto, me gusto que a la nariz por fin le pase oxígeno.. Me gusta que los escritores escriban desde el lo impredecible, desde lo caótico.. Y como lo sabes, me gustan las búsquedas.